¡Buenos días! Suelo decir que para afrontar la vida y sus acontecimientos (los míos propios sin ir más lejos) muevo el volante según viene la carretera. Es un símil, una ocurrencia tan simple como clara, que ayer volvió a orientarme para cambiar lo que tenía previsto escribir en cuanto me enteré de la muerte del Papa Francisco. Hace años que ya no me afecta el poderoso influjo que la Iglesia ejerció en mí desde la infancia, ni siquiera voy a misa, y me las entiendo directamente con Dios sin necesidad de intermediarios. Pero todo eso no me convierte en ignorante del peso que un pontífice tiene en el mundo y cuánto puede condicionar su elección el curso de la Historia. Tampoco me incapacita para mi personal valoración. Recién llegado a la sede de Pedro, Francisco ya me sugirió con sus primeras actitudes y declaraciones ser un Papa que no estaba muy católico, pero sí más cristiano que en tantos casos anteriores. Con él empezaban a leerse en alto párrafos del Evangelio que hasta su llegada se disimularon como si fueran de segunda categoría. Y cambió muchas pompas y lujos vaticanos por la idea de que el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza. Cuando llegó Francisco albergué la ilusión de que un cardenal de Sevilla no siguiera bajándose de su coche recordándome a Michael Jackson entrando en sus conciertos. Descanse en paz Francisco.





