¡Buenos días! Ideé que el teatro entero, con lleno completo, se quedara a oscuras, escenario incluido. Y entre bastidores, creando en directo una voz en off, pronuncié unas palabras venidas desde hace muchos años de Raphael, y tomadas en aquel momento para mí, como si fueran la expresión propia de lo que sentía y en secreto e íntimo homenaje al artista que tanto había estimulado mis pasos hasta allí: «Toda mi vida he soñado con esto: una orquesta, unas canciones y un público para escucharme». De inmediato todo se encendió y los músicos atacaron con «Quédate», donde iba a confesar otra de mis grandes verdades, recocimiento y descripción de mi fuerte carácter y genio: «Yo que puedo ser la nube más negra, su fuerte tormenta, y el rayo que caiga, también; yo que sólo soy un tipo con prisas, de entrada y salida por donde me dejo ver». Y el mayor deseo, constante, invariable, el centro de gravedad de mi corazón: «Cuando llegas tú de todo me olvido, me doy un respiro y viene la calma después… ¡Quédate conmigo mucho tiempo, amor; no me dejes solo, que me vuelvo, amor, a perder entero en ese laberinto… Quédate!». ¡Feliz domingo!
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