¡Buenos días! Mi mujer me ha regalado por San José las memorias de Manuel Alejandro, que ya quedan a mano de algunas de nuestras lecturas. Sabe muy bien que las biografías, y las memorias en este caso, se cuentan entre mis géneros literarios favoritos. Esos son los libros que me han hecho innecesarios a los psicólogos, además de que mi propia cabeza siempre ha tenido dentro un diván en el que recostarme y plantear las mayores dudas y escuchar las mejores respuestas. Las vidas de los más grandes me han salvado de creer que vivir es lo que hace la gente corriente y moliente, las que se apañan con cuatro refranes más que discutibles y han explorado bien poco el amplio territorio de la existencia humana. Entre las líneas de Manuel Alejandro, uno de los mejores compositores de la música popular (cuidado, que hay más), no hallaré las recetas de su enorme talento, personales e intransferibles, pero sí las huellas de un gran vividor: en sus éxitos y en sus fracasos, en caerse y levantarse, en perseverar rodeado de consejeros del desánimo y las rendiciones, de envidiosos camuflados con el ropaje de los falsos admiradores. Manuel Alejandro, jerezano fino con sabor hondo de luces y oscuridades, con virtudes y pecados, con verdades y leyendas. Lo descubrí y revelé un día, antes de que él mismo quisiera descubrirse y revelarse: Manuel Alejandro es aquel. ¡Feliz sábado!





