¡Buenos días! Los miro con cierta compasión, porque sólo están de visita y habrán de irse. Les ha tocado ser turistas de una ciudad en la que tener que marcharse es un trago. Han llegado para una travesía de rutas marcadas y previstas, por caminos de catálogos, conducidos por guías que lo tienen todo organizado para miradas rápidas y horarios fijos. Caminan sin recuerdos de infancia entre las palomas del parque, o carecen de la memoria de haber sido niños viendo la Cabalgata. Tampoco los vistieron por primera vez de nazarenos o se montaron en las calesitas de la calle del Infierno. Cruzan nuestras calles sin encontrarse con nadie, ni van a detenerse requeridos sorpresivamente por la bonita necesidad humana de la conversación. Nos ven desde fuera, pero no desde dentro. Y al verlos programados y con billetes de vuelta, me acuerdo de aquella vez que el padre Cué predicaba en la Macarena su septenario. El último de sus días se volvió a la Virgen y le dijo: «Feliz Sevilla, que nunca tiene que despedirse». ¡Que tengan un gran miércoles!





