
¡Buenos días! Mi mujer y yo solemos desayunar siguiendo una especie de calendario musical. Por eso el sábado pasado quisimos inaugurar marzo con «Parque de María Luisa», Felipe Campuzano al piano de su «Andalucía espiritual» en el volumen que dedicó a Sevilla, hace más de cuarenta años, cuando una noche de verdadero embrujo, en uno de esos momentos que la vida te regala para que te despegues del suelo, como si levitaras, lo escuché en el salón de las caballerizas de la Casa de Pilatos, clausurando uno de nuestros festivales internacionales de cine. Ayer se fue Felipe Campuzano en un amanecer sin sus campanilleros, con sevillanas del alma en pena de su partida, por el color del albero palidecido. Su música tenía agua tranquila de estanques y surtidores alegres por las fuentes. Era aquello que observó Joaquín Romero en el Alcázar: «Tiempo en profundidad, está en los jardines». Y hoy, desde Cai a Sevilla vengo llorando, mientras miro a los lados del camino las lágrimas blancas de las salinas. Hasta siempre… iba a decir maestro; pero, ¿es que se puede aprender algo de los genios salvo a coger por los únicos derroteros de la admiración? Esa gente lo sabe todo ella y se lo lleva todo ella.





