¡Buenos días! Estaba dando la primera luz de marzo por San Lorenzo, cuando el Ayuntamiento bautizaba con el nombre de la Soledad el lugar íntimo y de buenos conocedores del Barrio, por donde cae la puerta trasera de la Parroquia, allá en el muro que la guarda en su capilla. «Soledad, Tú no estás sola…». Y con esa luz que, ya dentro de nuestras casas, copia en las habitaciones las celosías de las ventanas, me vinieron los recuerdos de soleanos de toda la vida y de toda la muerte encomendada a Ella en el azulejo de entrada al cementerio, donde escribieron de la Salve nuestra mayor esperanza: «Y después de este destierro, muéstranos a Jesús». Tuve presente a Joaquín Romero Murube, a Ramón Pineda, a Diego Lencina… Y siempre a la noche del Sábado Santo, cuando regresa para cerrar las puertas de otra Semana Santa, y a su lado por Cardenal Spínola siento escuchar por el negro cielo el alto remate de una saeta final: «¡Qué sola la Soledad, camino de San Lorenzo, por la luna acompañá!».





