¡Buenos días! La primera vez que asistí a la Ópera fue gracias a la invitación de mis queridos e inolvidables Juanita Reina y su esposo, Federico Casado Algrenti, el bailarín Caracolillo. Y esa primera vez, como dice la sevillana, fue en Sevilla, en el Teatro de la Maestranza: nada menos que Alfredo Kraus en «Lucía di Lammermoor», de Donizetti. Me impactó. Kraus poseyó la mejor y más depurada técnica vocal, lograda a lo largo de una carrera en la que siempre supo escoger el repertorio más conveniente y el papel adecuado en cada edad. Yo estaba asombrado con la soprano, con los coros, con la orquesta, la escenografía o la iluminación. Era consciente de que para que aquel universo de saberes y emociones, magistralmente encajados, se ofrecieran ante mis ojos, habían sido necesarios en cada caso muchos años de estudios musicales, de canto y de solfeo. El colmo llegó cuando a la protagonista su interpretación le exigió tirarse al suelo y seguir cantando desde el dominio absoluto de su posición corporal, donde no quedaba duda de la colocación impecable de su voz. Pero cuando presencié que el público aplaudió tan poco al final de la representación, me sentí indignado, con vergüenza ajena; sobre todo al recordar la de petardos que hoy se llaman cantantes y reciben interminables ovaciones como si fueran verdaderos artistas. Abandoné el Maestranza muy agradecido a Juanita y a Federico, pero pensando que aquello estaba lleno de catetos. ¡Feliz viernes!





