¡Buenos días! Durante años me tiré horas delante del papel en blanco cada vez que pretendía escribir para revistas o periódicos. Tachaba, emborronaba y corregía sin llegar satisfecho al puerto de la escritura que deseaba alcanzar, aquella que fuera equivalente con lo que sentía. En realidad, eso no se consigue nunca del todo, te esfuerzas una y otra vez en el empeño; no digamos cuando jamás he sido en nada autocomplaciente con lo que escribo, compongo o canto. Jamás tiene un tope aquello que se ama. Sin embargo, en esa larga trayectoria de tenacidad y búsqueda con el ahínco de escribir mejor, se produjo un momento especial que lo cambió todo en mí y puso rumbo a una mayor facilidad: fue al morir mi padre. Mi vida derivó hacia un centro de gravedad donde localicé la profundidad que necesitaba, las reflexiones más hondas. Y siempre que hacía descender mi cubo al pozo, la oscuridad me lo devolvía a su brocal lleno de agua hasta el borde. Ser huérfano de padre, madre, o de ambos, es un estado realmente especial del ser humano. Es como si ellos, desde que se marchan de este mundo, se encargaran de tu fecundidad. ¡Feliz domingo, festividad de la Candelaria!





