¡Buenos días! Hoy escribo con fondo de John Williams en la mejor crónica que un solo de violín logró contar sobre el más atroz holocausto. Y ahora que se conmemoran los 80 años del final de la masacre, reuniendo a los supervivientes de los espantos de Auschwitz, recuerdo mi viaje a Alemania, donde Berlín está llena de huellas del terror. No es precisamente un destino de placer, los hay mucho más adecuados, sin la acentuada memoria de los horrores del nazismo que te acompaña por las calles, entre monumentos y símbolos. Pero no quise cruzarlas sacudiéndome de mis zapatos el polvo de su dramático pasado. Como turista en Berlín, elegí la solidaridad histórica en vez de la diversión. Visité el Museo Judío y hasta me desplacé a un campo de concentración, el de Sachsenhausen, plagado de fósiles de angustias y desesperaciones humanas. Ahí os dejo algunas de las fotos que hice. Todo olvido sobre aquello me resulta imperdonable. Un violín no cesa de llorarlo.
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