¡Buenos días! Mi saludo mañanero no suele tener premeditación, nocturnidad ni alevosía. Lo trae cada amanecer. Es un absoluto imprevisto para mí. Y yo creo que es lo más natural de un saludo, que sea de pronto, inesperado, como cuando te cruzas con alguien por la calle en las horas más tempranas. Muchas veces, la mayoría y antes de hacerlo, yo no sé de qué voy a escribir. Hoy ha surgido por una compañera de trabajo que me pregunta si he leído algo de Carmen Conde. Nada, no he leído nada de ella. Pero tuve la suerte de tratarla personalmente a principios de los años ochenta, cuando no hacía mucho que se había convertido en la primera mujer académica de la Lengua. ¿Alguien podría imaginarse que con señora tan ilustre estuve en la discoteca El Coto, la que tuvo el hotel Los Lebreros? Pues así fue. Duramos poco sumergidos en aquel sótano. La escritora pasaba entonces de los setenta años y estaba espantada de ver cómo se bailaba. Me decía: «Parecen osos, bailan como si fueran osos». Dada su versión, nos fuimos en busca de otra parte de la noche sevillana donde las cosas le parecieran más normales. La verdad es que no sé ni porqué llegamos hasta allí, no me lo explico a día de hoy. ¡Feliz lunes!





