¡Buenos días! Rechazo de plano la idea, tan en boga y en sede muchas veces de movimientos católicos o humanitarios, de que todos tenemos una parte de responsabilidad alícuota por los males de este mundo. ¡Ah, no! ¡Ni hablar! Se nos incluye en un prorrateo de culpabilidad porque haya guerras, pobreza, hambre, sin techo, drogas, alcoholismo, suicidios, depresiones… Puede ser interminable la lista de causas y desgracias para meternos en el saco de que «entre todos lo mataron y él solito se murió». Me excluyo. Que no me atribuyan una colaboración a la que no me dedico. ¿Quién soy yo para tener de pronto tanta importancia y poder decisivo? Sólo me encargo de madrugar tempranísimo para irme al trabajo con el empeño diario y constante de sacar adelante a mi familia, de procurar hacer el milagro de cubrir necesidades básicas cada mes, de pagar impuestos voraces, de darles mi amor a quienes quiero, de socorrer o ayudar muy humildemente las penas de quienes me quedan más cerca. Que nadie me declare cómplice de inmigrantes ahogados o de crímenes con armas que no empuñaré jamás. No me toca nada en el reparto de los miserables que no solucionan lo que les corresponde solucionar. Con todo, ¡feliz sábado!





