¡Buenos días! Hay lugares a los que siempre regresa el recuerdo de las escenas que una vez hubo en ellos. En la Plaza del Cristo de Burgos se me quedó indeleble el día que mi madre me llevó hasta el viejo quiosco de madera que estaba ubicado, por los años 60, entre los centenarios magnolios del fondo, esos cuyas largas ramas parece que fueran a coger por las calles Dormitorio y Sales y Ferré. Allí me compró un album de estampitas de famosos de la televisión. Yo tenía ocho años. Cada vez que vuelvo a cruzar la plaza, sigo viendo a mi madre llevándome siempre, una y otra vez, a comprarme el album. Fue una deliciosa época de cromos a todo color con rostros de la tele, de sobres sorpresa para irme haciendo con todos, de pegamento Imedio (uno de los olores más inseparables de la infancia). Aún permanecen fijas en sus recuadros numerados las estampas con la Embrujada o El Santo, inamovibles como mi madre en la Plaza del Cristo de Burgos. Aún seguimos los dos camino del quiosco, en busca de una pista que sepa aclararnos a dónde fue a parar ese Fugitivo que es el tiempo. ¡Feliz miércoles!
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