¡Buenos días! A última hora de ayer me enteré del fallecimiento de Luis de Lezama, el sacerdote que me llamaba la atención porque inauguraba restaurantes en vez de iglesias, pero del que te aclaraban entonces la función social que llevaba a cabo con sus negocios de hostelería. Mi relación con él fue tan efímera como cordial. Una noche de hace más de treinta años quise invitar a cenar a Juanita Reina, a su esposo Caracolillo y al hijo de ambos, Federico, en la Taberna El Alabardero, de la calle Zaragoza. Yo estaba muy agradecido a los tres y elegí aquel lugar que había sido inaugurado con la seña del prestigio. Por la fama del matrimonio pedí un reservado en la planta superior, una habitación sólo para nosotros, libre de curiosidades y autógrafos. Cuando Luis de Lezama fue informado de que Juanita Reina se encontraba allí, enseguida vino a saludarla y a interesarse porque todo estuviera a nuestro gusto. A lo largo de la velada Lezama se dio varias vueltas por nuestra mesa para asegurarse de que estuviéramos cómodos y bien atendidos. Así, en su amabilidad y contándonos sus nuevos proyectos, le recuerdo particularmente ahora. ¡Feliz domingo!





