¡Buenos días! Me acuerdo hoy de aquel abuelo que una vez preguntó a sus nietos, cargado de ironía: «¿No veis la tele? Ponen unos anuncios muy bonitos». Porque es lo que más tiene la tele, anuncios; anuncios desvergonzados de una programación que se interrumpe constantemente para volver en siete minutos; anuncios que te cortan de golpe y sin previo aviso una película justo por la secuencia de una emoción concebida para sentirla de un trazo; anuncios que te aplazan, obedeciendo órdenes de un pinganillo, la respuesta que iba a dar un entrevistado; anuncios que enfrían, como si fueran un gatillazo, los mejores climas de un argumento o de una canción; anuncios irrespetuosos que te dejan a cuadros sin los títulos de crédito de lo que acaba; anuncios inesperados que te confunden sobre si un programa tiene un descanso o es que ya ha terminado… Son los anuncios de una televisión venida a menos, luchando desesperadamente por las audiencias, y que ha inventado lo que yo llamo el éxito del fracaso, porque se ufana si un espacio ha contado dos millones de telespectadores en un país de cerca de cincuenta. ¿Dónde queda el resto? Hartos de anuncios, además de contenidos insoportables. ¡Feliz jueves!





