¡Buenos días! Camuflado y casi desapercibido si no llega a ser especialmente por Carlos Navarro Antolín en Diario de Sevilla, se nos fue Jesús Martín Cartaya hace días, por entre los fulgores de las luces navideñas, como si las hubiese aprovechado oportunamente para morirse al mismo estilo con el que vivió: la discreción. Jesús Martín Cartaya fue para el legado fotográfico que dejó a esta ciudad, una rúbrica de juncia y romero, una firma por naturales en la Maestranza, el labrado de una plata repujada en varales de un palio, o un reguero de trazos de albero por la Feria. Y un amigo. Jesús fue un gran amigo. Un gran amigo con el que nunca podías quedar tan bien como él quedaba conmigo, una talla de hombre generoso que siempre tenías que mirar desde abajo por mucho que se te ocurriera darle. Esta de hoy es la primera de las entregas que haré sobre él. En la foto estamos junto a nuestro querido Rogelio Gómez Trifón. Era el 16 de febrero de 1993, en mi camerino, la noche que presenté mi primer disco en el Teatro Imperial. ¡Feliz miércoles!





