
¡Buenos días! ¡Lo que he tardado esta mañana en saber por dónde coger este nuevo 24 de Diciembre! Todos los años me pasa lo mismo, irremediablemente no sé por cuál calle tirar… Uno podría dejar de complicarse la vida y desear a todos, sencillamente, una feliz Navidad. Pero no. Parece que estoy condenado a la inercia de la máxima expresión que siento en mi corazón, a la querencia de contarlo todo. ¡Qué pesada manía! Y es que es tan fuerte para mí esto de la Navidad… Eso de que Dios se hizo hombre me da vértigo… eso de que entre todas las cosas que pudo escoger para venir a este inmenso planeta, lleno de miles de ofertas para existir, me sobrecoge cuando pienso que eligió ser uno de nosotros, un humano. Todas las nochebuenas me las paso igual: muy rodeado de familia, muy de fuera, de cantar villancicos, de comer el turrón y deliciosas viandas, de felicidades compartidas, pero también discurren en mí muy por dentro, aguantando una emoción indescriptible de recuerdos y agradecimientos, de memoria de los que sufren a esas horas, de ausencias que se estrenan en la primera Navidad que no van a sentarse en la mesa… la tía Encarna, Daniel Arteaga, Antonio Carroquino… Habrá sillas vacías; en realidad ya las había desde la niñez, siempre las hubo. Pero también la cuna, como otra vez esta Nochebuena, siempre estuvo llena, siempre estará llena… de Dios. ¡Feliz Navidad!





