¡Buenos días! Todavía tenía pegadas las sábanas a primera hora de aquellos 22 de diciembre de la niñez, cuando hasta el dormitorio me llegaban desde la tele las voces blancas de los niños de San Ildefonso. Un recitado cantarín de cifras y premios iba abriendo las puertas de la fortuna para los agraciados. Un décimo podía cambiar sus vidas y la de los suyos, salir de angustias económicas, escaparse de muchas fatigas, probar por fin el sabor de la dignidad, experimentar la paz de los sueños, dormir a pierna suelta… y hasta decirle a un jefe «hasta aquí hemos llegado». Cada número iba sonando como a una liberación en cascada. Total, lo mismo que también pasa hoy y pasará siempre: gentes, barrios, pueblos y ciudades pegados al televisor desde muy temprano, mirando la pantalla aguardando a que pudiera dar la noticia de su buena suerte y hasta poseer el esperado número de El Gordo. Como buen aficionado a la música, el estudio de la fonética siempre me ha parecido muy interesante; por eso y particularmente me gustaba la Lotería de Navidad más en pesetas que euros. Se cantaba mejor la dicha con vocales abiertas en vez de cerradas. Yo era un niño que contemplaba todo aquello como un ambiente entrañable, pero ajeno, sin billete que cotejar ni suerte que esperar. Sentía que ya la tenía toda. Escuchar el canto de aquellos niños regresados cada año significaba algo muy importante, todo un premio, mi premio: ¡habían empezado las vacaciones! ¡Feliz domingo!





