¡Buenos días! En los años de mi infancia sevillana era frecuente que a las puertas de ciertos comercios, sobre todo las jugueterías, te encontraras a un rey mago acompañado de un fotógrafo. El rey era generalmente Melchor, solía estar sentado o de pie junto a un caballo de cartón, y se adornaba la navideña escena con un alto buzón plateado para que los niños echásemos por su ranura nuestras cartas. Advertir su inesperada presencia nos provocaba una sorpresa que ahora me hace sentir fracasado si he de describirla. Sólo el alma de entonces fue capaz de esa especial alegría, una fuerte impresión iniolvidable tras la que se disfrazaba la oportunidad de un negocio anual consistente en captar la imagen de los más pequeños sentados en la falda del rey mago. Esa corta edad nos blindaba de razonamientos y preguntas. Fue la edad del asombro en los ojos y nada más. Y nada menos. Los nuevos tiempos conocieron la desaparición poco a poco de una costumbre tradicional, antecedente del actual cartero real de El Corte Inglés. Los sevillanitos de aquellos años guardamos esos retratos tan clásicos como los del Parque en medio de las palomas. Y hasta el cine español en «La gran familia» dejó su testimonio fílmico en una escena donde Sus Majestades de Oriente reciben a la chiquillería ante el madrileño Galerías Preciados. ¡Feliz miércoles!





