
¡Buenos días! Asistía allá por principios de los 80 a la Casa de Pilatos, invitado a la clausura del entonces Festival Internacional de Cine de Sevilla cuando, en el Salón de las Caballerizas, el genial Felipe Campuzano fue a deleitarnos al piano con su Andalucía Espiritual. Al presentarlo, alguien regaló un pensamiento que jamás he olvidado: que un hombre casi no es nada si no está emocionado. Lo entendí al vuelo, porque así me he pasado la mayor parte de mi vida. Ayer sábado la Virgen Inmaculada del Colegio de las Esclavas me regresó a mi estado emocional más natural. Ella habita en mí desde la infancia, viéndola enmarcada en las fotos sobre los cabeceros de las camas de mis tías, antiguas alumnas; andando el tiempo fue la Virgen de mis hijas, las que también pasaron por las aulas de ese Colegio que, fundado por el Cardenal Spínola y la Madre Celia, ayer celebraba sus 125 aniversario. Y esa Inmaculada estuvo siempre en la infalible medalla de plata de mi madre sobre su pecho, con la que se fue hasta el celaje definitivo en busca de la mirada de la joven de Nazaret, siempre enamorada de su Creador, arrobada y humilde ante el anuncio del ángel que le habló del designio divino de convertirla en Madre de Dios y a que la llamaran bienaventurada todas las generaciones de la Tierra. ¡Cuánta emoción ayer! ¡Feliz domingo!





