
¡Buenos días! Cuando el artista ofrece como este fin de semana sus conciertos en Sevilla, para mí y mi mujer son «días Raphael», así que prosigo con mis recuerdos de toda una vida admirándolo. La primera vez que llevé a mis hijas a uno de sus conciertos todo transcurrió con normalidad, entiéndase lo de normalidad en Raphael: lleno absoluto, público en pie con ovaciones atronadoras, pasiones desbordadas, emoción en los ojos… la apoteosis. Ellas, aún siendo muy niñas, lo contemplaban todo con cierto asombro, como si estuvieran descubriendo un mundo nuevo en eso de ver a un cantante. Pero con Marta se produjo una reacción muy especial cuando llegó el momento de «El tamborilero»: empezó a llorar. Acababa de advertir, con una fuerte y evocadora memoria, que aquel hombre era la voz de todas las navidades de su infancia, la voz del «camino que lleva a Belén». Y la sintió profundamente en su alma de niña. ¡Feliz sábado!





