
¡Buenos días! Las mañanas empiezan ya en nuestra casa con el soniquete de fondo de la Navidad. El café de los desayunos humea como si dibujara una cadencia lenta y confortable de canciones de toda la vida en las voces de toda la vida. La de Luis Aguilé, por ejemplo; un gran escritor más allá de su vis cómica y vestido con anchas, largas y coloridas corbatas (las que después pareció versionar Carrascal en sus personales informativos). Aguilé fue hombre profundo, capaz de componer una de las obras para mí indispensables en una buena colección sobre música dedicada a la Navidad, como la que yo poseo y de la que he procurado hacerme (y aún sigo) a lo largo de muchos años. Fue mi padre, esto ya lo he contado otras veces, fue mi padre el que un día llegó para la hora de almorzar con este disco bajo el brazo. Es un evangelio de solidaridad con tantas amarguras y soledades que por estas fechas aún duelen más que en otras. Ofrece su mesa a quien no la tiene. Un asiento al que carece de descanso en sus nostalgias y vacíos. Canta a los desheredados y a los sin techo. Canta a los emigrantes. Canta a las reconciliaciones. Es un maravilloso poema que desgrana por estos días las bienaventuranzas. ¡Feliz martes!





