
¡Buenos días! Miraba al Cristo de la Buena Muerte atravesar el domingo la puerta de la Anunciación que lo devolvía en su paso a la calle Laraña, mientras yo cruzaba a la vez hasta un tiempo ido en el que lo tuve, allá por los años 60, tan cerca de mi casa de la calle Imagen. Mi querido Carlos Herrera confiesa envidiar a los sevillanos siempre que saben recordar lo que ha cambiado el paisaje de la ciudad no conocido por él antes de hacerse sevillano, ese paisaje que es al fin y al cabo el efímero paisaje de la vida: una cofradía que ya no sale desde donde salía antes, una tienda que estaba donde después abrió otra, o la fuente que llegó a una plaza viniendo de una ubicación anterior. Si yo le contara alguna vez que lo único que queda de aquella calle Imagen de mi niñez y primera juventud es sólo la cafetería Spala y los calzados Jorge. Si supiera que allí estuvo Cortefiel con su largo y vertical rótulo iluminando una por una las sílabas de su nombre. Y los saneamientos de Juan López Sánchez, los electrodomésticos y bicicletas BH de Joaquín Fernández, la Caja de Ahorros de San Fernando, los juguetes Barreiro… Se iba la otra tarde el Cristo de los Estudiantes buscando Villasís para seguir su camino por la Campana y aproveché, otra vez, para repasar la lección de la intensidad en esto que llamamos vivir y de lo que siempre escuché decir, como una sabia advertencia, que son dos días. ¡Feliz martes!





