
Fotografía de Beatriz Galiano
¡Buenos días! Volvía ayer por la calle Odreros la Virgen de la Salud camino de su templo, San Isidoro, tras haber celebrado en la Catedral el 350 Aniversario del origen de su hermandad. Regresaba triunfalmente acercándose poco a poco a su viejo barrio de la Costanilla, allí donde los historiadores sitúan el principio de este hallazgo de luz llamado Sevilla, cuando aún era ciudad palustre sobre el agua. Y yo sentí que comenzó en una casa de la misma calle San Isidoro la historia más directa de mi familia, los Aguilar Sáenz, la historia de mis abuelos Rafael y Ángeles y sus trece hijos (trece, por más que uno, Ignacio, se fuera siendo casi un recién nacido). La Virgen me iba trayendo, paso a paso, la razón del nombre de mi madre, y los recuerdos que me contó de una infancia vivida muro con muro a los filipenses, viendo desde su azotea a los novicios que jugaban con la pelota en el patio colindante. Fueron los tiempos antes de llegar a Cardenal Cisneros. Estaba en esas memorias de la niñez de mis tíos y mi madre cuando empezó a sonar «Aguas». Todo estuvo en ese momento por las callejas cercanas a la Alfalfa, como si me recorriera la sangre y el escalofrío una procesión magna que puso en la calle a las dos Vírgenes de mi madre reunidas en una sola y gran emoción. ¡Feliz domingo!





