
¡Buenos días! José Luis Garrido Bustamante, de quien hablé ayer, ya no cabe en ninguna parte, tampoco en mis palabras por más intensas y emocionadas que sobre él las escriba. Hay vidas tan ricas y dilatadas como la suya que han de contarse por tomos, por fascículos. Dio (de dar, de generosidad) uno de esos escasos pregones, el de 1990, capaz de cruzar la línea de su tiempo y separarse de los montones que atrapa el olvido. Tan inolvidable fue que, gracias a mi buena memoria, llegué a devolverle agradecido uno de sus mejores versos, los que él había pronunciado años antes, en el Teatro Lope de Vega, en forma de auténtica oración para la hora final de un hombre. Verán: volvía una noche de Lunes Santo el Señor de las Penas, de San Vicente, a la altura de El Corte Inglés. Bajo sus soportales manteníamos una conversación sobre reencarnaciones José Luis, el actor Miguel Caiceo y yo. Entre acuerdos y desacuerdos y pareceres sobre la cuestión del más allá, corté por lo sano y le dije a mi querido pregonero:
-Yo no creo en reencarnaciones, yo espero lo que tú dedicaste al Calvario: «Y a mi Cristo que duerme en su más dulce sueño, yo le pido que cuando me desprenda lo humano, de su sueño despierte, se libere de clavos, y me saque del mundo agarrado a su mano».
Desde entonces, querido José Luis, jamás he dejado de rezar tu Pregón. ¡Feliz miércoles!





