¡Buenos días! Me está honrando por asomarse a estos saludos de cada mañana mi admirado José Luis Garrido Bustamante. Nombrarlo es sentirlo con emoción a lo largo y ancho de una vida como la mía en la que tanto lo he seguido, sin querer perderme una palabra suya desde la Radio Nacional que estaba en la calle Marqués de Paradas, después retransmitiendo la Semana Santa de Sevilla, y en 1990 su Pregón, y en el 2000 su libro sobre la misteriosa Madrugada del Viernes Santo y sus carreras, y hace muy poco en el documental sobre la marcha «Amarguras» y Font de Anta. Le tengo aprecio, mucho aprecio, a Garrido Bustamante. Pero además de aprecio le tengo apego, porque le tengo apego a la clase, a lo que tiene categoría, distinción, elegancia. Me gusta el señorío y él es un señor. Me abrumaría por saber que un periodista de su raza tiene la curiosidad de mirar lo que escribo. Sin embargo, una de las cosas que mejor ha hecho conmigo Garrido Bustamante es, aunque no lo hubiese pretendido, enseñarme seguridad. Y ya se dijo por alguien que hay que desconfiar de los individuos que no están seguros de sí mismos. ¡Feliz martes!





