Buenos días. El amigo asturiano a quien hace años llevé a conocer la Semana Santa, aquel al que acerqué una Madrugada hasta donde queda la embocadura en arco de la inmensa luz que con Ella asoma a nuestras vidas, ahora resulta que me habla él de esa luz hacia la que dice encaminar sus últimos días. Presiente un cielo donde hallará sus ojos esperándole. Mi amigo ya sabe que se va, que «tiene billete de vuelo al otro mundo para dentro de unos meses», ese otro mundo que el Hijo de Dios reveló como lugar verdadero de su Reino, y que mi amigo espera confiado camino de un futuro sin decepciones, cuando la Esperanza le haga ver ser tan cierta allí como él la creyó aquí. Si le llegaría al alma conocer la Semana Santa, que se hizo hermano y nazareno del Silencio. Tuvo la intuición inequívoca de que en Sevilla el Silencio habla, de que ese Silencio no iba a ser un vacío de palabras para el tiempo más difícil, sino comunicación íntima con lo sagrado y lo eterno. Tuvo la corazonada para confiar en que escucharía allí las mejores respuestas de los días en los que la vida parece desentenderse de ti, como si le sobraras y te echara encima la negrura más impensable e inesperada del ruán de tu antifaz. Y donde no se oye nada, suena todo. Lo proclama un Evangelio hecho saeta en cuanto la cruz de guía está en la puerta: «¡Silencio, pueblo cristiano! Aquí tenéis al Redentor».
Fotografías de Beatriz Galiano

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