
¡Buenos días! En esto de ver cofradías en la calle siempre ha habido en Sevilla eso que toda la vida se ha llamado un tonto de capirote. Los hay y muchos. En variadas especies los contó hace ya muchos años Paco Robles en su primer libro, «Tontos de capirote» precisamente y sin rodeos, con prólogos que no tienen desperdicio alguno de Juan Miguel Vega y Fran López de Paz. Desde entonces, allá por los principios de los noventa, aquellos especímenes ya podrían actualizarse con los surgidos en estos últimos tiempos. Por ejemplo, el silbador de marchas: un idiota que te toca en el sorteo de vainas que con mala suerte viene a caerte en la bulla justo a tu lado. Está sonando por Tejera, un poner, «Pasan los campanilleros», y como el tonto de capirote se la sabe de memoria, en vez de escuchar a los músicos, se pone a silbar la marcha. ¡Hay que ver lo bien que silba un tonto de capirote! ¡Hay que ver la de catetos que hay ya en las calles viendo pasos, sin paladar, silencio adecuado ni exquisitez! Bueno… ¡feliz martes sin chabacanos silbando, que no valdrían ni para las gloriosas bandas sonoras de las más históricas películas del oeste!





