¡Buenos días! Traía ayer un Ave María el aire de la tarde de septiembre que parecía aire de marzo en las páginas de Joaquín Romero y Murube, las que el poeta escribió con «Sevilla en los labios». Traía el aire… cuando empezaron a llegar todos los que un día se fueron, pero acudían a verla, no se la querían perder. ¡Qué cosa más sevillana esa de no querer perderte las cosas en la fuerte conciencia de la intensidad! Y se iban presentando uno a uno: mis abuelos, mis padres, Juan Castro, la tía Mana -¡qué de gente en el cielo!- llamando a la puerta de la calle Adriano por el estremecedor escalofrío de los recuerdos. Y la niñez, otra vez la niñez, siempre la niñez… Cualquiera sabe si al final un día no me moriré de viejo, sino de niño. Quizás me muera más de niño que de viejo. Me cogieron por sorpresa, sin bollos de leche siquiera para una improvisada merienda, sin nada que poner en la mesa de los regresados, sin tiempo para arreglarlo acercándome un momento a la confitería de Los Ángeles. Volvieron. Es que desde el Baratillo se llevaban a la Piedad para coronarla en la Catedral. ¡Feliz domingo!
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