¡Buenos días! La música que escucho de fondo cuando escribo, determina muchas veces el curso de mis palabras, su cauce y caudal. Y como soy alguien con inercia a la melodía romántica o a esas obras maestras que son las bandas sonoras del cine, acabo escribiendo en sus tonos y cadencias, en su métrica y sonidos, o sobre la dulce cuerda de los violines. Puedo llegar al teclado cargado de ira e indignación tras haber recorrido por los periódicos, una mañana más, la dramática geografía de un mundo cada vez más peligroso, pero todo cambia en mi ánimo si la música adecuada viene a socorrerme en el último momento. La crecida tempestuosa del río interior baja de nivel, se amansa y serena. Y acabo retirando mis ataques, mis rabias y mis disparos, sintiendo que ya hay demasiado fuego cruzado de parte a parte de la tierra, como para que yo también traiga más munición. Quizás sea el de la música el mejor lenguaje de Dios, secreto y subliminal (como si no dijera nada, pero lo hablara todo), para detenernos el brazo cuando levanta un arma que busca herir. ¡Feliz jueves!





