
Fotografía de Beatriz Galiano
¡Buenos días! Ayer tarde fue el Pregón. Sí, el Pregón; no vayan a creer que estoy traspapelando unos buenos días del pasado abril con estos del recién estrenado septiembre. Además, ¿no decía mi admirado Antonio Burgos que cuando tiene mérito hablar de Semana Santa es en verano? Pues ayer tarde fue el Pregón a título póstumo de Daniel Fernández Arteaga, de quien vino a celebrarse una misa en su memoria en el altar del Cristo del Amor en la Parroquia del Salvador (la que desde su restauración llaman eso de Colegiata, que suena tan raro). En Sevilla los cristos y las vírgenes otorgan y hacen adquirir títulos de propiedad. Para Daniel, el Cristo del Amor fue su Cristo del Amor. Y ante Él se ha cerrado bajo el abierto costado de un alimento eterno, el último capítulo de su paso por la vida. Nos dijo adiós desde su cofradía, al sevillano modo que lo pregonó hace muchos años el único pregonero capaz de dar una y otra vez el Pregón que los demás sólo dan una: «… la cofradía es siempre para el sevillano, en todo caso y circunstancia, el alfa y omega, la partida y la meta, en una palabra: el principio y el fin de su propia existencia».





