¡Buenos días! Hablaba anteayer de la calle Velázquez, la que tantas veces ha perdido su nombre porque la ignorancia general de no pocos sevillanos alarga la de Tetuán hasta la Campana. Bien, pues cuando por Velázquez en dirección a la Plaza Nueva (un poner) alcanzas la altura de La Casa del Libro, te llega de pronto el olor de los boquerones en adobo de Blanco Cerrillo, que sale como un asalto inesperado por la bocacalle de José de Velilla. ¡Hay que ver lo bien que está enseñado ese olor para que doble la esquina en la que estuvo tantos años el despacho del ABC! Es un atraco al olfato que te pone ya en duda hasta tu propio destino… Ibas para la Plaza Nueva, te olvidas de a qué, y ahora quieres pararte en Blanco Cerrillo. Es una tentación que supera a la de los zorros que convencieron a Pinocho para que no fuera a la escuela. Con la de publicistas que digo yo que habrá quebrándose la cabeza para anunciar algo con un mínimo de eficacia comercial, y ahí tienes a las frituras de un bar de Sevilla haciendo el mejor marketing que no iguala ni el refresco universal que en tiempos dijo ser la chispa de la vida. ¡Feliz miércoles!





