¡Buenos días! Me llega hoy la mañana con marea baja de la playa de La Antilla, aquella a la que muchos años sólo llamamos Lepe. Las olas se divisan lejanas a esa hora del primer sol en la que no hacen ruido, se te acercan sin superarte ni las rodillas, acariciadoras, con cosquilleos de espumas, como si respetaran el primer turno de los más madrugadores que pasean plácidamente la orilla. Y me sabe a aquellas familias, ahora con supervivientes, que acudían a sus toldos en un tiempo aún sin sombrillas de mano. Fueron las familias de los chalets, de los caminos de arena, antes de que los edificios lo ahogaran todo y que, cuando vuelvo, yo ya no sepa dónde estoy. Fue La Antilla de los Candel Aguilar, de los Fernández Arteaga, de los Parejo, de los Summers… La Antilla de las piscinas Falcón, el cine Victoria, el Drague 67, el hotel Fira o el Club Raul. Fue La Antilla sin Islantilla. Hoy siento despedir en mis recuerdos a uno de esos barquitos que hubieran salido de una de las antiguas casitas de pescadores, uno de esos barquitos que se alejan por El Terrón y parecen escritos por sevillanas cada vez que algo y alguien se muere en el alma…





