¡Buenos días! Ahora que me ha tocado en suerte el honor de tener por vecino de letras a ese «jubilado inquieto» que es mi admirado Manuel Bohórquez (el flamencólogo, no mi cuñado), me siento como si descubriera de pronto que algo sé de cantes; y eso que yo leo sin falta sus artículos, porque para mí hay dos clases de escritores: los que aburren y los que enseñan, valiendo Bohórquez para aprender mucho de él. Y digo lo de saber de cantes porque he caído en la cuenta de que si Bohórquez es un maestro que escribe jondo y de noche por soleares, yo me estoy convirtiendo en un experto que lo hace saliéndose cada mañana por peteneras. Sí, yo he aprendido a aparecer por donde nadie me espera. El panorama de la actualidad es un asco lleno de provocaciones al coger la pluma o teclear el ordenador. Pero yo tengo ya cintura de novillero para pegarle un quiebro al toro de este lamentable mundo y hacer que humille el morro ante mis afortunadas anécdotas, mis amigos ilustres, mi interminable romance de valentía, y mis incansables sueños y esperanzas. Desde mi larga juventud de inquietudes que tú comprenderás muy bien, un abrazo, Manuel. ¡Feliz martes!





