Hoy me cobijo en el todo y en la nada. Y donde he de comprenderme hasta en lo más incomprensible que puedo llegar a ser. Es el lugar recóndito que aspira al perdón más difícil, el que ha de darse uno mismo. Siempre me pasa igual cada vez que se van aquellos que más quise: me dejan con espinas clavadas, la sensación infalible y condenatoria de que siempre se les pudo amar siquiera unos metros más allá del lugar y los días que alcanzaron nuestras pisadas. Con quienes me han dado tanto, siempre acabo en desventaja, jamás puedo aspirar a igualarme en sus entregas y he de aceptarme en una capacidad menor a las inmensas bondades que tuvieron conmigo. Sus partidas me examinan en el amor… ¡Cuánto he querido en esta vida y cuánto, a la vez, no he querido! Qué lástima propia queda en ciertos y decisivos momentos reveladores de nuestra pequeñez insospechada. Lo lúcida y lo idiota que puedo escribir mi biografía. Y, al final, con tanta grandilocuencia y «palabras deslumbrantes» como en la canción, con tanta importancia y urgencia de mil ajetreos diarios, termino perdiendo frente a un sencillo bocadillo de sobrasada, el que me puso muchas veces para merendar y nunca olvido, por más cosas que me hayan quitado el hambre. Gracias, tía Encarna.





