¡Buenos días! Estoy a años luz del esfuerzo que hace una deportista para llegar a unas olimpiadas. Debe tratarse de un significado (que no está a mi alcance) al límite de la tenacidad y el sacrificio, de la fe en uno mismo. Me cabe imaginar (pero sólo imaginar) la forma más inquebrantable del espíritu humano conviviendo a diario y durante años con una férrea disciplina. Es la vida como con orejeras, donde sólo es admisible mirar hacia adelante y a un sólo punto fijo, sin el más mínimo desliz para que la vista sepa qué sucede a derecha o izquierda. Me quedo muy lejos de todo eso y hasta de ese nivel de exigencias y de creencias en que no hay otras posibilidades a elegir. Pero me encuentro muy cerca de admirar a Carolina Marín, de respetarla infinitamente cuando llora, más que por una rodilla rota, porque se le han hecho añicos los sueños más determinantes de su lucha personal e intransferible. ¡Feliz lunes!





