¡Buenas tardes hoy, obligado en horas de navegar por altamar, donde un móvil te arruina! El cielo fue de niño una caja de lápices Alpino, a los que el Soto llegó a cantar añorando a su madre, y se me gastaba primero el celeste… y después el amarillo. Pocas cosas habré visto hacer con tanta energía que un niño pintando rayos de sol. La punta se iba dejando entregar a un sueño de luz insaciable. Y así la paz de la infancia quedaba guardada en la pequeña hoja de un cuaderno de dibujo. Con los años, aquel cielo se me fue llenando de preguntas sin pintar, pidiéndole noticias de mis padres y de tantos como se fueron. Me lo sujetan esta mañana las gaviotas que van dándole pespuntes con hilvanes de nubes. Que el cielo los cuente, que nos esperen, y que jamás nada pueda borrarlo en la hoja en blanco de la infancia. ¡Feliz miércoles!





