¡Buenos días! En cuanto vemos que el tiempo de nuestra felicidad se alarga, ya andamos con la mosca detrás de la oreja barruntando algo que acabe con ella. Solemos prepararnos para superar dificultades y vencer obstáculos, hacernos fuertes ante las adversidades; pero también nos convendría ser más capaces de nuestra felicidad, de echarle valor para conseguirla y no desconfiar de ella mientras es nuestra, mientras dura. Es posible que sintamos más miedo siendo felices que librando batallas. Y la felicidad con miedo a perderla es menos felicidad de lo que cabría disfrutarla, sin sentirnos amenazados porque, de pronto, cualquier cosa de la vida dé una de esas vueltas que acaban con todo. Nos han inculcado tanto lo de “este valle de lágrimas “, que hemos llegado a creerlo como el estado más natural deseado por Dios para los humanos, como si gemir y llorar fuera lo que más nos corresponde y define. Puede que eso sea lo católico, pero no creo que lo divino. Toda época dichosa hay que aprovecharla sin recelos ni temores, sin sospechas de que no durará mucho, sin la idea de que al final esconderá una trampa o lleve truco. Hay que aceptar la voluntad de Dios, sí; pero tengo la impresión de que más veces de las imaginables, somos los hombres los auténticos responsables de torcer el rumbo de nuestras mejores travesías. ¡Feliz martes!





