¡Buenos días y felicidades hoy a los Santiago, Jaime (especialmente a mi hermano) y Jacobo! Aparte de mis deseos para ellos, me siento obligado a decir que el mar no es siempre, por desgracia, la imagen de un niño jugando en su orilla. Cuando los hombres abandonan su zona más controlada y amable, embarcándose hacia sus adentros, saben que existe la posibilidad de un vientre oscuro y gigante que puede engullirlos, que el mar pasa de ser la entrañable estampa de unos juegos de la infancia, a convertirse en una honda cueva de agua de la que tantos no volvieron de sus trágicos laberintos. La muerte de un marinero, de varios, siempre llega al alma de los que en tierra firme recibimos la mala noticia que viene desde el fondo dramático de sus desapariciones. El mar tiene estas cosas que no pasaron inadvertidas para un genio de contrastes como Sorolla, el de las vivas y luminosas playas llenas de gozos de sol, pero también el que pintó una tragedia titulada «Aún dicen que el pescado es caro».





