¡Buenos días! Llego a esta mañana desde la madrugada en la que volví a recordar a mi madre en la fijación que tenía con la luna. Una noche y otra la sorprendía sola y en silencio, localizándola allá arriba según su aparición, escrutándola a través de los cristales de las puertas correderas de la terraza, en un íntimo acto de fascinación con el cielo del que colgaba su blancura, divisándola entre los brillos de papel de Nacimiento de las estrellas. ¿Qué buscaba en la luna mi madre, como si los visillos le descorrieran la incesante posibilidad de un asombro que nunca agotó? ¿Qué intentaba averiguar en esa hora en la que la bóveda del Universo o te lleva a hacerte todas las preguntas… o te da todas las respuestas? Nunca quise requerirle las razones de su cita diaria, callada y a oscuras, con la luna. Fue una cuestión de respeto a su intimidad y a una cierta complicidad que parecía darse entre ambas. Pero tuve la impresión de que la grandeza del firmamento le hacía sentir que Alguien levantaba un altar ante el que hacer sus oraciones. Y que escuchaba una voz para ella inconfundible. Y es que más de lo que cabría imaginar y tantos han querido controlarla, la Palabra de Dios se proclama no sólo en el Evangelio, sino por todo el cosmos. Creo firmemente que el inmenso idioma del Creador se valía de la luna para enviarle a mi madre el mensaje tranquilizador de la vida eterna. ¡Feliz domingo!





