¡Buenos días! Hoy los deseo escribiendo mis palabras hilvanadas por guirnaldas de banderas, las que tejen desde los mástiles un canto marinero que va desde la proa a la popa de los barcos veleros de mi infancia: ¡Salve, Virgen del Carmen, Estrella de los mares! Bajo la hermosa luz de las playas de Huelva, por La Antilla o Punta Umbría, Isla Cristina o El Rompido, la veo surcando el oleaje de la tarde al son de Gloria de las sirenas y bajo el manto dorado con brisa de lienzo del Poniente. Es esa Madre que se adentra en las aguas desde orillas y puertos de toda España, de todo el mundo. La visité una vez en su lugar de origen, en el Monte Carmelo que está en Israel. Allí me contaron cómo empezó todo hasta expandirse a los océanos, cuando la ruda gente de la mar la invocó como protectora de sus valentías y peligros, de las tormentas y las tempestades. Entendí entonces en Tierra Santa de qué venía que yo la viera entre las arenas de mi niñez veraniega y hermosamente huelvana. ¡Felicidades a las cármenes y a los carmelos! ¡Salve, Stella Maris!





