¡Buenos días! ¡Enhorabuena a la Selección Española! La mañana, desde lo más temprano, rayando incluso el día para los primeros en levantarse y ponerse las pilas del lunes, nos llega desde el largo y feliz estribillo de una madrugada cantando la cuarta victoria de España en la Eurocopa. El fútbol nos puede gustar o no, pero hay ocasiones en las que, hasta sin ser forofos, merece la pena verse, asomarnos a la intriga emocionante que provoca la confrontación de los mejores, cuando lo que se pone en juego llega a ser tanto que a mí ya no me parecen ni futbolistas, sino alpinistas de cimas tan altas y escarpadas que cosquillean la zona mágica de los sueños, y quedan mucho más arriba que el césped por el que corren con admirable destreza los pies. Hay un fútbol de maestría que debiera impedir la maledicencia ignorante de quienes opinan que sólo consiste en unos tíos dándole patadas a una pelota. Sólo los tontos desprecian lo que no conocen, sólo ellos son osados para hacer ecuaciones así en todo tipo de cosas. Nunca es el día de esos tontos. Hoy menos. Es el día que ya tiene despejada, con el sol de la mañana, la duda de una gran noche que preguntó a las estrellas «¿qué pasará, qué misterio habrá?, resuelta finalmente en la gesta europea de nuestra Selección, esa que ayer dejó en Berlín un estadio lleno de eufóricos aficionados españoles y de aflixionados ingleses.





