¡Buenos días! Desde la España de hoy y para las nuevas generaciones, es imposible imaginar el impacto mediático que tuvo el 14 de julio de 1972, hace 52 años, la boda de Raphael y Natalia Figueroa. Sucedió lejos de nuestro país, en Venecia, el lugar elegido como un secreto impenetrable para evitar que miles de fans del artista pudiesen asistir al enlace. Los novios no estaban dispuestos a verse envueltos en una verbena contrayendo su matrimonio. Para lograr el fin inquebrantable de la privacidad, meses de trabajo con sigilo empleó el clan Raphael en los preparativos. Pero todo cuidado se derrumbó a pocas horas (un día antes) de la ceremonia religiosa, cuando el conocido periodista Yale junto al prestigioso fotógrafo César Lucas descubrieron el pastel… o, mejor, la tarta. Las cientos de imágenes de Lucas fueron para todas las publicaciones de la época como si se hubiera desbordado el Gran Canal. Por una semana se suspendieron las ediciones de contenido ordinario de todas las revistas, que se emplearon en dedicar auténticos monográficos a todo color sobre el acontecimiento de enorme relevancia social: el cantante, el muchacho de condición humilde, se había casado con la aristócrata, la nieta del Conde de Romanones e hija del Marqués de Santo Floro. Hasta un libro recogió las peripecias del autor de las fotos para romper un complot de silencio. Gracias a eso, en tiempos sin Internet, tele en blanco y negro, ni publicaciones como Viajar o Traveler, yo descubrí la belleza de Venecia, que desde entonces se convirtió para mí en objetivo a visitar con una obsesión supongo que parecida a la que tuvo por aquel entonces nuestro querido amigo César Lucas. Y allí fue mi luna de miel con Beatriz. ¡Feliz domingo!





