¡Buenos días! Me siento de muchos lugares, a lo mejor soy eso que llaman un ciudadano del mundo, yo qué sé… lo cierto es que tengo mucho de alcalareño de Alcalá de Guadaira, el que mi padre llamaba noble pueblo de Alcalá de los panaderos, vitoreando a su patrona, la Virgen del Águila. Y me siento alcalareño porque gran parte de mi niñez y hasta del comienzo de la juventud, en la que sigo, las pasé en este inmenso caserón, propiedad de mi abuelo paterno (el abuelo Pepe Fuertes), y donde especialmente los veranos no pudieron encontrar mejor complicidad para el gran tiempo de la imaginación infantil. Que se lo digan si no a mis primos los Castro. Hallamos allí el inolvidable territorio para levantar cabañas, tener perros, gallinas, explorar cuevas, correr el peligro de la aparición sorpresa de los alacranes, ser casi amigos -o familia- de las salamanquesas que por las fachadas estaban al acecho de los mosquitos, zambullirnos en la alberca o disfrutar la novelería de bañarnos en el largo estanque y metiéndonos en las numerosas fuentes, vestirnos de cura en la capilla de aquella Hacienda… Se llamaba El Polvorón. Hoy está convertida a lugar de celebraciones. Y cualquier parecido con el pasado es mera coincidencia. ¡Feliz sábado!





