¡Buenos días! Más de lo que pueda imaginarse por el público, la voz es el martirio de los cantantes. Toda una paradoja. Cuidarla -y hasta poseerla cuando la necesitan en los conciertos o en las grabaciones- los trae de cabeza. Porque a la voz, considerada para cantar más que para hablar, le afecta todo: la amenazan los cambios bruscos de temperatura, los climas secos o húmedos, los estados de ánimo personales, las horas de sueño o de insomnio, las relaciones sexuales, los periodos menstruales, las bebidas frías o calientes, o ese enemigo de alto peligro que es el aire acondicionado. La gente no puede calcularse los sacrificios que su voz exige a los cantantes, ni los medios de todo tipo a los que recurren para tenerla a punto: no hablar apenas, infusiones, gárgaras, vaporizadores, fármacos (como corticoides, el uso del Urbason, todo un clásico para situaciones límite)… por enumerar ejemplos, yo tengo fotos con Raphael llevando bufandas en agosto. Y hasta aquí sólo me dejo hoy la mínima introducción de un tema amplísimo y rico en anécdotas. Habrá lugar. ¡Feliz sábado!





