¡Buenos días! Salía de una de esas heladerías de la Avenida disfrutando un cucurucho con bola de leche merengada y canela, cuando me dio por pensar en lo que ha cambiado esto de los helados desde mi infancia. Jamás hubo tanto donde elegir. Te asomas a los expositores y te encuentras el frío catálogo, como si fuera en antiguas latas de membrillo de Puente Genil, con todos los sabores del mundo mundial donde escoger, en tarrina y conos de varios tamaños. Carapino, pistacho, melón… por decir algo, vamos. Y viene a mi memoria un tiempo de niño tomando polos y cortes de fresa, chocolote, vainilla, nata, individuales o a dos y tres bandas. No se me han olvidado los napolitanos. Tampoco la ocurrencia de meter vasos de casera de naranja y limón en el congelador. Ni las primeras marcas de Camy y Frigo en los bares, con el camarero casi buceando por el fondo de un mueble blanco y azul en el que, desde las dos puertas correderas de arriba, por fin te localizaba tu favorito. Y los días que trajeron a ese adelantado sanluqueño que fue La Ibense con sus granizadas y horchatas, mucho antes de que arribaran los nuevos chefs de la heladería, esos que fueron consiguiendo entre calores del verano lo que jamás hubiéramos imaginado en épocas combatiendo la tosferina: hacer normal que pidamos helados en invierno. ¡Feliz domingo!





