
¡Buenos días! Era 1976 y él tenía 7 años. Lo veía salir todas las tardes, a eso de las cinco y media, del colegio madrileño de Santa María de los Rosales. ¿Y qué hacía yo allí? Recogía con mi inolvidable Pilar del Cura a sus hijos, Debora, Beatriz y Jorge Rodríguez-Vilaboa. Era un colegio de amplios jardines, que bajo la paz de sus abetos disimulaba fuertes medidas de seguridad, con guardaespaldas sentados en los bancos que interpretaban leer el periódico. También estaba un coche fijo, donde iba a montarse aquel niño en cuanto apareciera, como uno más, entre la algarabía de sus compañeros de clase. Era rubio, de ojos azules, uniformado de acuerdo a las normas del centro, vistiendo pantalón gris marengo y un jersey azulado a la caja… un cromo de alumno, la viva estampa de lo que suele imaginarse de un príncipe. Lo tuve muchas veces a menos de un metro, metido yo entre colegiales, como si hubiera sido una premonición de su cercanía con el pueblo. Se llamaba Felipe de Borbón y estaba llamado a ser el futuro Rey de España. ¡Feliz viernes!





