¡Buenos días! Anoche me encontré en la 2 de TVE una entrevista a Rosa Montero. Es, desde hace muchos años, una de mis periodistas preferidas, la que entra en los artículos y sale de ellos hacia la novela con una facilidad nada fácil precisamente. Yo empecé a leerla allá por los 80 en El País Semanal. Los buenos escritores no sólo me han servido para decirles «sí bwana», sino para discrepar y contrastar. Donde enfrente te encuentres la inteligencia, no hay peligro. Y ayer no estuve de acuerdo con una de las interesantes cosas que dijo: más o menos que quienes como ella tuvieron una infancia difícil no han de abandonar más tarde ese paraíso perdido, que esa despedida es un trago para los de una bonita niñez. Y no estuve de acuerdo con ella porque yo viví una infancia muy feliz y puedo asegurar que la edad no me expulsó de aquel paraíso. Comprendo que cada cual cuenta la vida como le fue y como le va, que «nada es verdad ni es mentira, sino según el color del cristal con que se mira». Pero también creo en lo que dijo Unamuno, que el que tuvo una infancia feliz, ese ya está salvado para siempre. ¡Cuántas veces en estos años de madurez y en circunstancias muy difíciles ha vuelto para defenderme el niño que fui, el que probablemente aún soy en una gran medida de mi ser! ¡La de veces que ha venido a recordarme quién soy y de dónde vengo! Los demás no están obligados a saberlo, pero yo sí. ¡Feliz viernes!





