¡Buenos días! Hay domingos y camas de guardar en los que por chiripa llega uno a tiempo de este saludo mañanero para todos. Lo escribo casi entre remoloneos de sábanas que se te pegan. Me levanto entre lentitudes de lujo para quien suele madrugar en amaneceres. Pero hoy está ya la luz abierta por las calles, llamando educada a mis ventanas, acariciándome las paredes y calcando en ellas los claroscuros de las celosías. Ahora vendrá el hogareño turno de los olores. Pocas cosas hay tan humanas y familiares, tan entrañables, como la llegada desde lejos del aroma del café y percibir por la respiración íntima de nuestra casa que las tostadas están a punto. Con los años, podrá perderse la memoria de muchas cosas, pero no la de los desayunos, incluso con localizaciones imborrables en aquellos que tomamos en el porche de un chalé en la playa, o en la mesa que mezclaba el sabor humeante de los calentitos con la brisa de un oleaje sereno y cercano de las primeras horas con la marea baja, muy baja, pintando estelas…





