
¡Hola! Entre tantos días mundiales como se celebran ahora dedicados a las cosas más asombrosas e inesperadas (algunas de ellas verdaderamente estúpidas), parece que en el almanaque hubiera perdido su casillero este día de hoy, antaño bien señalado, del Corazón de Jesús, cuya omnipresencia hasta dio nombre al clásico calendario taco, el de las hojas fecha a fecha, con el santoral completo y los movimientos lunares. Yo nací en los tiempos que hicieron íntimamente familiar y hallada por todas partes la imagen de Jesús bendiciéndonos con una mano, y llevándose la otra al pecho, abierto por un corazón en llamas encendido por su amor. Él estaba en las puertas de los hogares, como si fuera un pin adelantado a su época, para protegerlos, algo así (salvando las distancias) como cuando en esta nueva era las empresas de vigilancia advierten en rótulos que una casa ha contratado altas medidas de seguridad. El Corazón de Jesús también presidía nuestras salas y comedores. Y en Sevilla concretamente, los altares mayores o capillas de muchas de nuestras iglesias, como la de los Jesuitas de la calle Trajano. Y aún sigue elevado en lo más alto de los cerros de San Juan de Aznalfarache, en Sevilla, o el de Los Ángeles, en Madrid. De los labios de mi madre fue lo único que salió en la madrugada aquella del terremoto del 28 de febrero de 1969, que si llega a durar un poco más no lo contamos: «Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío». Y mi abuelo, el abuelo Rafael, le hacía un lugar especial entre los suyos en cuanto llegaba este mes de junio dedicado entero al Corazón de Jesús. Aún conservo su figura y le profeso devoción. ¡Feliz viernes!





