Buenos días!!! Hubo un tiempo en el que nuestras palabras escritas sólo podían enviarse por cartas, por correo, el que llamamos tradicional desde que usamos el electrónico, ese correo de papel que ahora es un mero vestigio de su volumen debilitado y venido a menos y prácticamente limitado a bancos, acuses de recibo de multas, juzgados o agencias tributarias, alguna invitación de boda y propagandas de todo tipo, como en los nauseabundos días de campañas electorales. En aquel tiempo había que molestarse en ir a por cuartillas, sobres (blancos por tierra o de ribetes rojos y azules para los aviones), sellos, pegarlos con la propia saliva, llegarte al buzón… Y estaba el cartero, siempre fijo, que entonces acababa siendo como un amigo de confianza a base de preguntarle todos los días aquello de «¿hay algo para mí?». Me produce una gran ternura recordar algunas fórmulas de aquella correspondencia epistolar, como sucedía en las cartas de enamorados. En ellas era muy importante el comienzo, elegir entre querida, apreciada o estimada, pues la decisión implicaba dar una pista de nuestras intenciones y sentimientos. Un clásico hoy de preámbulos muy socorridos fue el de «Querida madre: espero que al recibo de la presente se encuentre bien. Yo bien». O el de las novias que impregnaban sus hojas del perfume que usaban, imprimiendo besos con el tacto carmín de sus labios, haciendo constar en una grafía tan natural que mandaban su apasionado amor hasta aquella Alemania llena de novios emigrantes. Feliz martes!!!





